Monasterio de Santa Catalina: Una ciudad dentro de la ciudad

0
971
Monasterio de Santa Catalina: Una ciudad dentro de la ciudad

Monasterio de Santa Catalina: Una ciudad dentro de la ciudad

Con más de 400 años de historia, el Monasterio de Santa Catalina se ha convertido en un ícono arequipeño, un lugar donde la mezcla de religión, tradición, ancestrales construcciones, leyendas y milagros se confabulan para deleitar a quienes decidan recorrer sus más de 20 mil metros de extensión.

Así como despedirse de Arequipa sin probar el incomparable ‘rocoto relleno’, el tradicional ‘caldo blanco’ o el irresistible ‘helado de queso’, sería imperdonable para quienes visiten la Ciudad Blanca, no incluir al Monasterio de Santa Catalina en su recorrido turístico también sería un terrible pecado.

Convertido en el más importante exponente de la arquitectura colonial arequipeña, el Monasterio de Monjas Privado de la Orden de Santa Catalina de Siena –nombre original– fue construido en un terreno de alrededor de 20 mil metros cuadrados para albergar a las hijas de las familias más distinguidas de Arequipa y, finalmente, fue fundado en 1579, a pocos menos de 40 años de la llegada de los españoles a esta ciudad.

Después de ingresar por sus impresionantes puertas de color marrón, el recorrido en su interior puede hacerse –previo pago adicional– con la compañía de una guía o, si gusta, puede optar por hacerlo por su cuenta, aunque en este caso se perdería toda la explicación y los curiosos detalles que se encierran tras estas inmensas paredes de sillar.

CONTACTO EXTERIOR

Iniciando el recorrido, lo primero que llamará su atención son cinco locutorios que servían para que las monjas tengan contacto con el mundo exterior. No obstante, a través de sus dobles ventanas –que además de no ser tan grandes estaban divididas por pequeños compartimientos por los que no ingresaba ni la mano de un niño– se evitaba el contacto físico con los visitantes.

A lo que se sumaba la presencia de una monja superiora ‘escucha’, quien no solo supervisaba las conversaciones entre familiares y monjas, sino que también vigilaba los paquetes que les eran entregados.

Saliendo de los locutorios, el Patio del Silencio, con el característico y vívido color de sus anchas paredes les dará la bienvenida. En este lugar, según nos explican, las monjas se reunían para rezar el Santo Rosario y leer la Biblia, pero en completo silencio, de ahí su nombre.

Desde aquí y en el resto de compartimientos del Monasterio, cientos de vistosos geranios rojos se convertirán en una constante durante su recorrido. Camino que tendrá como siguiente parada el Claustro de las Novicias, caracterizado por el uso del sillar caravista.

CLAUSTRO DE LOS NARANJOS

Varios metros más hacia adentro, tres bien cimentadas cruces verdes de madera –que forman parte de una tradición del Monasterio de Santa Catalina– le indicarán que se encuentra en el Claustro de los Naranjos, cuyo nombre se debe a la presencia, precisamente, de árboles de naranjo.

Construido en 1738, este compartimiento era el lugar elegido para que las religiosas representaran, durante los Viernes Santo, la Pasión de Cristo. De ahí que durante esta fecha el Monasterio permanezca cerrado al turismo.

Dejando atrás al Claustro de los Naranjos, la Calle Córdoba, una de las más bonitas del Monasterio, nos conduce hacia el resto de esta enorme ciudad. Esta calle no solo se caracteriza por la colorida belleza de sus maceteros con geranios rojos colgados a media ventana, sino que –según nos explican– mantiene cierta semejanza con la comunidad autónoma de Andalucía, en España.

Aunado a ello, en la Calle Córdoba se aprecia claramente la arquitectura de dos siglos diferentes. Hacia la derecha la arquitectura del siglo XVIII, con el uso del sillar antiguo que medía 40 cm. por 45 cm. y hacia la izquierda se puede divisar un moderno edificio construido entre 1968 y 1970, donde actualmente viven las monjas de clausura.

CALLES SEVILLA Y BURGOS

Al igual que Córdoba, las Calles Sevilla y Burgos también guardan increíbles encantos dentro del Monasterio. Al final de la primera, se puede observar la antigua iglesia de Santa Catalina, que posteriormente fue convertida en cocina pero que aun conserva los característicos arcos contrafuertes de la arquitectura arequipeña.

Metros más hacia adentro, la Calle Burgos –que colinda con la antigua huerta de la Congregación– no solo ofrece una vista maravillosa de la cúpula del templo del Monasterio y de una de las torres de la Catedral arequipeña, sino que también alberga uno de los atractivos más interesantes del Monasterio: la lavandería, que fue construida en 1770, cuando Arequipa se abastecía de agua mediante acequias.

Un total de 20 tinajas o enormes recipientes de barro que eran usados antiguamente para almacenar granos, maíz o vino, servían de bateas y –según nos cuenta nuestra guía– el agua que utilizaban corría por un canal central, que se desviaba a cada tinaja con la ayuda de una piedra y luego se dirigía a un canal subterráneo que llevaba los desechos al río.

PLAZA ZOCODOBER Y CLAUSTRO MAYOR

Caracterizada por su vistosa pileta, construida también de sillar, la Plaza Zocodober ha servido para plasmar en miles de postales la imagen del Monasterio. Su nombre deriva de la palabra árabe ‘zoco’, que significa trueque o intercambio. Y es que todos domingos las religiosas se reunían desde muy temprano en este lugar para intercambiar hilos, telas u otros objetos que ellas mismas confeccionaban.

Dejando atrás la Plaza Zocodober, el Claustro Mayor se convierte en nuestra siguiente parada. Construido entre 1715 y 1723, es el más grande de Santa Catalina y se embellece –al igual que el Claustro de los Naranjos y de las Novicias– con pinturas destinadas a la preparación, enseñanza y catequización de las religiosas.

En total, el Claustro Mayor posee 32 cuadros, 23 hacen referencia a la vida de María y nueve a la vida pública de Jesús. Aunque también cuenta –a su costado izquierdo– con cinco confesionarios y algunas celdas.

Convertida en nuestra última parada, el Claustro Mayor cerrará con broche de oro su visita por uno de los lugares más importantes de la Ciudad Blanca: el Monasterio de Santa Catalina, una verdadera ciudad dentro de una ciudad, un lugar que además de mantener la distribución física de los primeros barrios de Arequipa, también refleja el uso de una de las principales características de esta parte del Perú: el sillar.

OTROS ACTRACTIVOS DE SANTA CATALINA

Además de la Torre del Campanario que posee cuatro campanas dispuestas con frente a las calles que rodean el monasterio (Santa Catalina, Ugarte, Bolívar y Zela) y que fue construido en 1748, Santa Catalina también encierra otros interesantes atractivos, como su bella y antigua Iglesia.

De larga nave y de cúpula de media naranja, ha sido reconstruida varias veces respetando su original diseño y posee un altar principal de plata repujada que luce bellos y delicados motivos religiosos dedicado a la Beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo.

Del mismo modo podemos apreciar sus tradicionales cocinas. Estos curiosos lugares no dejan de llamar la atención de los visitantes debido a que además de conservar de manera casi intacta sus utensilios y características de antaño, incluido el hollín de sus paredes, poseen techos altos y de cúpula.

Fuente: Generacion.com