Cañon del Colca, el reino del cóndor

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Cañon del Colca, el reino del cóndor

Cañon del Colca, el reino del cóndor

Amanece en la Ciudad Blanca. Legañas y mucho ajetreo en la terminal terrestre de la estación de autobuses de Arequipa, al sur de Perú, aunque sean las seis de la mañana. Un café rápido mientras el autobús de línea con destino a Chivay y Cabanaconde calienta motores. Por delante más de cuatro horas de incómodo asiento entre trabajadores locales, mochileros europeos y anglosajones con sus respectivos guías, escolares jugando a la consola camino del colegio y ancianas con el traje tradicional y voluminosos hatillos con souvenirs para los turistas que atestarán, un día más, el mirador de la Cruz del Cóndor. Sí, el destino son las profundidades del Cañón del Colca.

Carreteras decentemente asfaltadas dan paso a caminos de tierra después de Chivay y una generosa colección de baches antes de entrar en la plaza principal de Cabanaconde, un pequeño y humilde pueblo ubicado casi al borde de este espectacular desfiladero, el más profundo del planeta, a pesar de que el marketing de otros parajes ensombrezca semejante distinción.

Hay más tres mil metros de caída casi vertical desde su punto más alto y asombrosas escenas en los caminos que cortan sus laderas, como la cotidianeidad con que se mezclan grupos de ociosos viajeros occidentales en busca de una pequeña dosis de aventura (rafting, trekking, bici de montaña) con el ir y venir, bajo el sol, de la población local. Por ejemplo, con la resaca y el transistor a cuestas, después de una noche entera de fiestas patronales en uno de los pueblos más hundidos en esta descomunal garganta.

La vida en ellos sigue estrechamente unida a la agricultura -asentada sobre las mismas terrazas que se establecieron en tiempos anteriores a los incas-, a las mismas deidades precolombinas, y al majestuoso vuelo cóndor, auténtico señor de estas tierras.

Caída libre

Lejana ya la época de lluvias (de enero a marzo), el sol aprieta en lo alto cuando comienza el descenso en picado hacia el corazón del Colca. Tierra seca bajo los pies, cactus jalonando un aéreo camino e imponentes nevados al fondo. El guía desgrana explicaciones sobre la región, sus costumbres y los ritos que aún se mantienen entre la población, y consejos para no sucumbir al soroche, el mal de altura. No es broma, se rozan los cuatro mil metros antes de iniciar el descenso.

El primer día de marcha es amable. Siempre hacia abajo, buscando las aguas del río Colca, escultor de este monumental cañón. El camino se hunde cada vez más, pasando por debajo de espeluznantes muros que asemejan los tubos de un órgano sublime esculpido en la roca. Ya en el fondo del cañón, un puente colgante cruza el río y da acceso al encanto y las incomodidades de las cabañas donde se pasa la primera noche en el cañón. Sin luz ni electricidad, ofrecen descanso junto al constante rumor del río. Y a pesar de que la corriente eléctrica no llegue a este miniparaíso, la cerveza sí. Benditas chelas.

El oasis del Colca

Después de la cena, y apagadas las velas que han alumbrado la cervecera sobremesa, ninguna luz artificial ensombrece el tapiz de estrellas que aparecen en el cielo, por encima del borde del cañón que ahora queda algunos miles de metros más arriba. Un disfrute tan intenso como efímero, pues hay que reponer fuerzas para el día siguiente, que incluye un serpenteo por el fondo del cañón, y conocer algunos de los pueblos que permanecen aquí abajo. San Juan de Chuccho, el típico pueblo de Corñishua y Malata… todos creados ya bajo dominio español.

Hay que tomarse con calma este segundo día por las entrañas del cañón. Caminar siempre con el río a la vista, y atravesar con calma estos poblados, inaccesibles de otro modo (mucho menos en coche). Las excusas pueden ser varias: reponer el agua embotellada, tomar un refrigerio en alguna cantina y, especialmente, tomar contacto con la población local. En verano, con algo de suerte, llegaremos en plenas fiestas locales… así que aparquemos un rato la mochila y aprovechemos la coyuntura. Total, el conocido Oasis del Colca, segundo campamento de pernocta, no queda demasiado lejos.

Vuelta a la realidad

La denominación de oasis hay que entenderlo. Durante la época seca, el intenso sol difumina en gran parte la verde vegetación que tapiza las laderas del Colca tras las lluvias. Pero este paraje, arrinconado en un esquinazo del desfiladero, al pie de un imponente muro, mantiene sus explanadas de césped en perfecto estado. Sus azules piscinas de agua tibia, provenientes de manantiales subterráneos, y las cabañas de bambú equipadas con cómodas camas transforman el lugar en un auténtico resort a los ojos de sofocado mochilero.

Al día siguiente toca regresar a Cabanaconde. Una jornada un tanto agridulce, pues al desánimo de tener que abandonar este impresionante desfiladero -uno no se cansa de mirar hacia arriba-, se suma la tremenda subida que se dibuja en la ladera. Entre tres y cuatro horas de zigzag casi eterno. Existen, no obstante, atenuantes para aliviar este calvario, como la posibilidad de contratar mulas que se encarguen del esfuerzo.

Durante el camino es posible cruzarse con lugareños que van o regresan de San Juan o Corñishua, dejando pasmado al viajero por su frenético -e impensable hasta entonces- ritmo de marcha. Y si hay suerte, mientras nuestra vista se fija inevitablemente en nuestros pies, bajo el peso de la mochila, los cóndores que reinan los cielos del Colca aparecerán de repente y de la nada, en un vuelo literalmente majestuoso. Altivo, sereno, relajado e imponente, se muestran casi al alcance de la mano, demostrando por qué es una de las auténticas maravillas de este paraje.

De nuevo sobre el cañón, una panorámica al atardecer cierra tres días de sensaciones y experiencias antes de enfilar hacia Cabanaconde. Pero el camino reserva todavía una sorpresa entre los campos que cruzamos camino del pueblo: la fiesta de la siembra, en la que los campesinos siguen realizando ofrendas a las deidades oportunas, con el fin de tener una buena cosecha. Y no hablamos de una celebración inocente, sino de tributos a base de aguardiente puro que convierte en sumamente tambaleante el regreso a casa de más de uno.

La Cruz del Cóndor

Tras pasar la noche en Cabanaconde, hay que retomar el bus de línea para iniciar el regreso hacia Arequipa. De camino, hay una parada imprescindible, el mirador de la Cruz del Cóndor, donde es posible asomarse a una de las zonas con mayor desnivel del cañón, y disfrutar de nuevo del elegante vuelo de varias parejas.

Es preferible madrugar, pues prácticamente sólo es posible avistarlos a primera hora de la mañana, cuando salen a cazar. Además, con suerte, evitaremos la hora punta del mirador, que se inunda de turistas procedentes de Arequipa a bordo de miniautocares.

El exquisito planeo del rey del Colca, casi suspendido sobre los tres mil metros de desfiladero que se precipitan bajo sus amplias alas, merodeará en nuestra mente mientras el autobús nos devuelve a la Ciudad Blanca, y la Cruz del Cóndor vuelve a quedar en silencio tras el ciclón diario de cámaras, murmullos de admiración y puestos de recuerdos.

Fuente: El Pais