Arequipeña Carolina Luque recorre el mundo en moto

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carolina luque salvaje ka recorre sudamerica

carolina luque salvaje ka recorre sudamerica

La carretera es uno de los lugares más peligrosos del mundo. Cuenta sus muertos y verás que supera a las peores guerras. Es la cinta negra que le da miles de vueltas al mundo, donde el ser humano transcurre sobre máquinas rodantes, supera la velocidad natural de su propio cuerpo y arriesga cada uno de sus huesos.

La carretera también es aquella tentación que el 17 de setiembre del 2013 se llevó de Arequipa a Carolina Luque, la motera no en vano nacida al pie de un volcán, la que se fue con temores y ha regresado con el fuego en la mirada tras recorrer Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Bolivia.

Un viaje extraordinario.

Para una chica completamente sola, sobre una moto china de 125 cc. Y con 300 dólares en el bolsillo de su casaca de cuero que lleva escrito en la espalda un nombre jamás mejor escogido: Salvaje Independiente de Arequipa.

Decir moto china es no dar medio peso por ella para los que saben de marcas y modelos. Ahora van a tener que cambiar de opinión, porque Carolina ha logrado una proeza con una de esas baratas orientales. Y la ruta le enseño cómo. La paciencia, el descanso, la compenetración absoluta entre mujer y máquina fue muy importante. “Conocer a mi cachorrinho, sus necesidades, alimentarlo de gas, aire y aceite, hacerlo descansar, saber de su capacidad y no exigirle más. Fue todo un aprendizaje de dos años y más”.

VIENTO

Su primer gran reto fue cruzar los 600 kilómetros de nada, el desierto chileno de Atacama. “Allí, realmente puedes escuchar tu nombre, preguntarte por una buena razón por la cual vivir y optar por la libertad de hacer e ir donde tú quieras”. Los vientos desatados fueron lo peor, aguantar con mano firme y no perder el control. “Pasé momentos difíciles allí. Un calor terrible. Mi ropa pegada al cuerpo, la sed, los espejismos, rogándole a Dios que no me quede tirada y se acabe todo. La gasolina justa, la del tanque y la de un bidón”.

“Lo peor fue cuando el viento me comenzó a doblegar. Me he visto rodando por el suelo. Pero algo, una fuerza irreal como dos manos poderosas e invisibles y colocadas a mis costados me devolvían a la posición vertical y allí, seguía en la ruta sin caer, menos regresar…”.

Y los enormes camiones y buses. Sus largos bocinazos ante la motocicleta que ha de pegarse a la derecha. Los choferes que no creen en nadie y no les importa mucho sacar del camino a una pequeña máquina con un solo golpe de viento. Nunca más necesaria la mano firme y el cuerpo apretado a la moto. Aguantar lo que venga.

Ahora le llaman La Hija del Viento.

Si en Arequipa fue despedida por los pocos grupos de moteros que existen, en todos los países que visitó le sorprendió encontrar una gran afición por los fierros sobre dos ruedas. Verdaderos enjambres de moteros comenzaron a recibirla, a salir fuera de sus ciudades y pueblos. Mientras más bajaba hacia el sur y doblaba hacia el Atlántico, eran más, se multiplicaban. Todos querían conocerla, tomarse fotos con ella, entrevistarla y saber de qué estaba hecha la legendaria arequipeña. Hasta algunos trataron de seguirla, entusiasmados por una aventura rutera. Pero pronto se daban cuenta que Caro no estaba para dar una simple vuelta fuera de su pueblo y no estaba dispuesta a llevar aprendices. ¡Ni que fuera la mamá de los pollitos…!

“Ser mujer (y guapa) puede tener sus ventajas. Pero también sus desventajas. En general los recibimientos eran bonitos, las invitaciones, la multitud de gente maravillosa que conocí. Pero también había de las otras, sin quererlo desperté envidias, celos…”. No quiere hablar más de eso obligada por su nobleza. Pero la misteriosa rotura de uno de sus amortiguadores, su destrozado parabrisas lleno de pegatinas queridas, fueron momentos que enturbiaron toda su buena onda.

TIERRA

De tierras chilenas partió hacia arriba, hacia la Cordillera y mientras más subía, más se llenaban sus ojos de parajes maravillosos.

“Fue una gran recompensa hacer el Paso de los Libertadores entre el pueblo chileno de Los Andes y el argentino de Uspallata. Fue lindo subir y bajar esos interminables caracoles carreteros. Me sentí abrazada por la naturaleza aunque me recagara de frío…”.

Caro tiene fotos extraordinarias de todo su viaje. Las fue colgando en su cuenta de Facebook acompañadas de comentarios a veces alegres, a veces tristes, generalmente profundos. Pero además esta red social, a veces tan sucia de vanidades, fue para ella el gran instrumento de comunicación con la hermandad motera sudamericana. Por ese medio hacía contactos y avisaba su llegada.

Logró compartir sus peripecias de manera formidable y pronto Salvaje Ka ya no era solamente un nombre más, medio rarito y posero, ¡Nada que ver gente! Se convirtió en una marca de audacia y arrojo motero, principio de leyenda y admiración.

Y aunque no quiso dar detalles, hay empresas vinculadas al mundo de los fierros que quieren contar con ella en un futuro más que inmediato.

AGUA

Por fin Argentina, sus sierras, y sus interminable pampa, el oscuro Atlántico y el barroso Rio de La Plata. Pero de aquel país se trajo una anécdota brutal.

“Anochecía cuando llegué a San Luis, una ciudad de la Argentina central, cuando me cayó una granizada de aquellas. Pedazos de hielo reventaban sobre mi casco y todo el cuerpo, azotaban mi moto. Y cuando llegue a la ciudad verdaderas torrentadas de agua se precipitaban por las calles. Era como para entrar no en moto, sino en balsa loco…”.

Aprendió el valor de la espera y la paciencia hasta que acabe el diluvio y escampe. Completamente mojada y feliz, logró vadear esa gran dificultad de la naturaleza. Cuando el agua cesó, armó su carpa para dormir y soñar abrazada de aventura.

Los moteros argentinos la trataron como una hermana querida. Y también los chilenos, uruguayos y bolivianos. Y qué decir de los brasileros, los mejores, los más amables, alegres y cariñosos. Los que asombrados vieron a su querido cachorro maltrecho y la ayudaron a repararlo, no sin antes cambiarle de nombre a Cachorrinho.

“Me traigo de Brasil imágenes hermosas, playas mansas, suaves, de aguas celestes, rodeadas de montañas verdes. Bellos encuentros de motociclistas como el de Brasilia, cuando 300 mil moteros se reunieron durante cinco días inolvidables”.

¿Y el dinero? ¿Cómo hizo para durar dos años y un mes en la ruta con todos los gastos que ello entraña? Cuenta que esos dichosos 300 dólares de la partida se acabaron en Chile y debió trabajar. Ella es profesional en marketing y laburó en la creación de logotipos en algunas empresas, vendió parches alusivos a su expedición sudamericana, atendió mesas, preparó tragos, se metió en teatros y recitales rockeros para afinar sonidos y luces, baterista metalera por una chela y los aplausos, entre muchos otros trabajos que le dieron la oportunidad de llevarse un pan a la boca y llegar a un grifo, llenar el tanque y seguir la travesía, lo realmente importante.

FUEGO

En agosto Arequipa es fiesta, en agosto Caro estaba en Brasil y decidió regresar pronto.

Comenzó a cruzar las estepas brasileras centrales, interminables pastizales de todos los colores, carreteras malas y su apuro con la mira en Bolivia y Perú. De pronto un incendio forestal, gigantesco, humo y lenguas de fuego sobre el camino.

Había pasado tanto y ahora esto. “Dale Caro. Dale Salvaje”, se dijo y apretó con el puño derecho el acelerador de su máquina. Y de esa barrera irrespirable y de amenazante candela salió viva y rodando; con las puntas de su cabellera chamuscadas, entre la risa y el miedo de ser alcanzada por las enormes llamas que pudieron llevarla hasta el mismo infierno.

Mujer salvaje como no hay dos.

¿Y el amor Caro, lo encontraste por ahí, pregunto nomás?

Me mira. Se pone rojita hasta las orejas y lanza un suspiro de esos que todo hombre debe provocar alguna vez en una mujer antes de morir.

“Si loco, si hubo. No te voy a decir donde, no te voy dar nombre. Solamente te voy a contar que una noche de fiesta en algún lugar de Sudamérica se me apareció mi príncipe azul en cuero negro (motero por supuesto). Se me puso al frente y nos preguntamos como si nos conociéramos de toda la vida: ¿Dónde estuviste? ¿Por qué te demoraste tanto?

Y muy posiblemente, cuando leas esta historia, Caro, quien llegó el pasado domingo, haya partido nuevamente en busca de su gran amor: La carretera.

Es en serio, ya no se puede quedar quieta…

Buenos vientos, Salvaje Ka.

Fuente: El Pueblo